Esta película es un ejemplo perfecto de los peligros de ese cine con piel de retrato social que, debido a su torpeza de su denuncia, asumen sin darse cuenta la inferioridad del colectivo al que defienden y, lo que es peor, justifican la perpetuación del modelo que critican.
Es decir, "Una mamá en apuros", dirigida por la cineasta Katherine Dieckmann, tiene la clara intención de provocar en el público la piedad hacia una mujer que, rondando los cuarenta años de edad, lidia con dos hijos, un marido poco colaborador y el estrés proverbial de la vida en Manhattan mientras intenta dar salida a su vocación literaria en un blog centrado en la autocompasión. Pero para desconcierto del espectador, el discurso de esta película, que fue proyectada en el Festival de Sundance, está escrito sobre una madre histérica y amargada con tan poco criterio que, a los ojos de cualquiera con un poco del mismo, se acaba convirtiendo en primera y casi única responsable -y sin duda merecedora- de su desgracia personal. ¿Qué pensar de esa mujer que dice tener 44 años cuando en realidad tiene menos con el fin de escuchar aquello de "no los aparentas"? ¿O que cuenta en su blog las intimidades sexuales de sus amigas con nombres y apellidos; que se rebela fumando en el coche con sus hijos, o que deja que su marido compare su frustración intelectual como ama de casa con el hecho de que él solicitó la jornada flexible? Teniendo en cuenta que los problemas se acabarán solucionando por un golpe de suerte y no por un cambio de actitud ni en ella ni en su entorno, la argumentación para solicitar ayuda para esa "mamá en apuros" es tan errónea como la propia actuación de Uma Thurman, desubicada y pasada de vueltas. Y así, la película ni emociona, ni solivianta, ni hace reír, sino que crea una incómoda sensación de vergüenza ajena. Porque sus niveles ínfimos de calidad van mucho más allá de lo reprobable en términos cinematográficos hasta llegar, con cara de amabilidad y de compromiso, al terreno de lo moralmente inaceptable.